EL HÁBITO DE MORDER. POR QUÉ LO HACEN Y CÓMO CORREGIRLO

La intencionalidad aparece en los niños durante el primer año en virtud del desarrollo cognitivo y emocional, siendo capaces de utilizar sus propios comportamientos para conseguir un efecto deseable. Cuando el efecto no es el que el niño espera surge el enfado y la frustración. Por otro lado, en el momento en el que el niño puede desplazarse con autonomía se abre para él un universo susceptible de explorar, lleno de objetos que satisfacen su curiosidad. En la escuela infantil hay un comportamiento especialmente conflictivo que ocasiona dramatismo tanto en los padres como en las educadoras que es morder. Ante esta conducta tanto en la escuela como en casa, los adultos deben por un lado saber a qué responde y, por otro, reaccionar de forma adecuada para conseguir su extinción ya que ocasiona malestar tanto en el niño que muerde como en los demás y, por supuesto en los padres y madres y adultos en general.

Existen diferentes razones por las que algunos niños muerden, pero en cualquier caso es necesario enseñarles desde el primer momento las consecuencias que acarrea el morder.

Aunque ya hemos dicho que tienen la capacidad cognitiva y emocional para algunas cosas, las primeras interacciones sociales son de difícil afrontamiento para ellos. La escuela infantil es un contexto de socialización, aunque tengan hermanos comienzan las relaciones con sus iguales, experiencia que, algunos de ellos no han tenido previamente. En la escuela infantil se comparten espacios, materiales y la atención de los adultos con otros niños y niñas. A compartir se aprende, pero es éste un aprendizaje difícil que implica ceder en muchas ocasiones a los caprichos, esperar, dejar un objeto de su agrado, pedir a otro un objeto que el niño desea, etc.  No obstante, no hay competencias lingüísticas ni habilidades sociales para solventar muchas de estas situaciones en los niños pequeños, si bien es verdad que hay diferencias entre ellos ya que cada uno tiene una experiencia previa y un temperamento determinado. Hay algunos niños que aprenden a morder para conseguir un juguete o llamar la atención. Pero también es una conducta que puede responder a un estado de frustración o nerviosismo, por ejemplo ante situaciones nuevas, ante la presencia ingrata de un hermanito que le obliga a mantenerse alerta, en una situación incomprensible de amor/odio, el ingreso al centro de educación infantil con la angustia de separación que conlleva, etc. pero también puede responder a la imitación o molestias en las encías. Pero cuidado, puede ser utilizado como excusa para justificar la conducta de su hijo, una vez terminada la dentición,  por parte de algunos padres que se sienten incapaces para corregirla.

En la medida en que los niños comienzan a ser más competentes desde el punto de vista de la comunicación y de la empatía (comprensión del dolor que causa en los demás), la conducta comienza a desaparecer. En otras ocasiones se mantiene como síntoma de problemas emocionales.

El hábito de morder es bastante frecuente en los niños pequeños y resulta, en general, inquietante para los adultos produciendo malestar en los padres y madres que dejan al niño con el temor de que salgan marcados y preocupación en las educadoras por la dificultad que implica  el control de tantos niños y que, en el caso de los niños que muerden sucede de forma tan rápida que obliga a estar en una constante hipervigilancia y aún así, muchas veces es difícil de evitar.

En la escuela infantil tendrá que haber un trabajo curricular global que incluya objetivos, contenidos y actividades en las tres áreas: identidad y autonomía, medio físico y social y comunicación que ayuden al niño a aprender  formas alternativas de expresarse y relacionarse con sus compañeros. La corrección, penalización o castigo y la reparación del mordisco mediante un beso no son suficientes. En todo caso, lo primero que el adulto debe conocer son las razones por las que el niño muerde.

Factores que originan el hábito de morder:

  • Experimentación
    Los bebés y los niños pequeños muerden para experimentar y explorar el mundo que los rodea. Se llevan todo tipo de objetos a la boca y a veces los muerden. Durante este periodo, que forma parte del desarrollo sensoriomotor, es necesario ofrecer a los niños objetos que puedan llevarse a la boca de modo seguro. No debemos jugar a morder ya que ellos no tienen todavía la capacidad de ponderar el daño que pueden ocasionar con un mordisco (aunque a veces es inevitable por parte del adulto ¡son tan lindos que te los comerías!). Podemos utilizar otros tipos de juegos corporales, incluyendo las pedorretas.
  • Frustración
    Un niño pequeño puede también morder cuando se siente frustrado y dispone de estrategias para afrontar una situación, por ejemplo cuando le han quitado un juguete, cuando no le salen las cosas como él esperaba, cuando quiere un objeto que tiene otro y no lo puede conseguir, cuando no se le permite hacer lo que él quiere en un momento dado, etc.. En este caso, debemos enseñarle a tranquilizarse, a esperar y, sobre todo a controlar sus emociones.
  • Impotencia
    Es posible que un niño muerda cuando necesita sentirse fuerte. Por ejemplo, el niño más pequeño puede a menudo llegar a morder a alguien sólo para ganar poder. En este caso es importante que con el mordisco, el niño no consiga lo que quiere, ya que entonces estará aprendiendo que es un instrumento útil para él.
  • Estrés, ansiedad
    Un niño puede morder si siente un gran estrés emocional. Hemos de tener siempre en cuenta que el hecho de que el niño muerda a alguien puede llegar a tratarse de un signo de sufrimiento o dolor cuando se siente disgustado o enojado. Debemos averiguar qué es lo que perturba al niño (situaciones adultas que el niño capta, celos, malestar, irritabilidad por falta de sueño….) y enseñarle otras formas de expresar sus sentimientos.

 

 

PAUTAS A SEGUIR:

1. Observar cuándo y por qué aparece el mordisco. Transmitirle al niño que el mordisco no es aceptado actuando con rapidez pero con calma y mostrar nuestra desaprobación. Es decir, mirando a los ojos, desde su altura y con cara seria sin chillar decirle que Eso no se hace. Hace daño”. Si el niño es muy pequeño, simplemente le diremos No, muerde esto (y le daremos un objeto que pueda morder)

2. Siempre le proporcionaremos una alternativa a la conducta. “si estás enfadado puedes llorar, pero no morder” “si quieres el juguete pídemelo y te lo prestaré”, además de ir enseñándole a esperar, ceder y no responder a todos sus caprichos.

3. Utilizar el tiempo fuera y separar al niño de la actividad para que se tranquilice, pero siempre desde la calma. La reparación inmediata con un beso puede enseñarle al niño que no importa lo que haga si después le da un beso. Tiene que saber que lo que ha hecho está mal, pero tampoco debemos dramatizar hablando continuamente  del tema y sobre todo, nunca poner etiquetas (“el mordedor”, “malo”…)

4. En esta misma línea es importante evitar los continuos reproches y comentarios entre los adultos ya que puede convertirse en un tema para conseguir atención extra. El adulto debe ponerse en su lugar, ¿cómo nos sentiríamos nosotros si después de haber hecho algo reprobable nos lo recuerdan continuamente?

5. Aunque es un hábito inquietante para los padres, hay que prescindir del dramatismo y afrontarlo con naturalidad. Si bien un niño sale de la escuela con un mordisco, otro día puede ser él quien muerda.

6. Cuando los niños son muy pequeños, utilizan la boca para aprender y expresarse (comen, beben, emiten sonidos y besan). Poco después utilizan la boca para expresar sus emociones. Así pues, no debe interpretarse igual un mordisco en un niño de 8 meses que en uno de 24 meses.

7. Cada niño es diferente de otro, por eso algunos niños muerden y otros no. La actitud de los adultos ante el mordisco puede perpetuar, intensificar o eliminar el hábito.

8. Morder, como empujar, pegar, llorar es un medio de expresión que necesita ser tratado con naturalidad y enseñándole al niño alternativas más adecuadas socialmente que no hagan daño a otros. Al mismo tiempo, se premiarán y atenderán las conductas positivas procurando dar la mínima atención a las conductas negativas.

9. Es muy importante tener en cuenta que el niño/a que muerde NO es ni malo, ni conflictivo, ni agresivo. Por eso no sirven las amenazas, enfados, humillaciones ni etiquetas.

10. Considerar las posibles situaciones de estrés, inseguridad, excitación o irascibilidad por alguna causa (cambios, celos, actividades, e incluso exceso de alegría)

11. Tener en cuenta que todos los aprendizajes necesitan tiempo y constancia, además de colaboración entre la escuela infantil y la familia para actuar de forma coherente.

 

Por último tener confianza en el centro y en la experiencia de los profesionales en este tipo de comportamientos. La escuela infantil es el primer contexto social al que el niño se enfrenta, por ese motivo se trabajan contenidos como las pautas de convivencia, la comunicación, resolución de conflictos, colaboración, etc, a través de todas las rutinas y actividades de toda la jornada escolar. En este sentido, debe haber una comunicación estrecha entre la familia y las educadoras que incluya, además del conocimiento y acuerdo de pautas de actuación coherentes, la posibilidad de intercambiar información y expresar dudas y temores por parte de los adultos que rodean al niño.

 

LO QUE NO SE DEBE HACER:

 

  1. Gritarle, Pegarle en la boca ni ponerle etiquetas como “malo”.
  2. Nunca debemos responder con la misma acción: morder a un niño que muerde es un gran error. La violencia y la humillación no eliminarán el comportamiento.
  3. Hablarle con gritos y amenazas ya que deterioran la relación afectiva con el niño y promueven comportamientos negativos. Hablarle siempre desde la calma y el afecto para que se sienta seguro, estable y confiado.
  4. Evitar juegos del tipo “Te voy a comer”, “Te quiero tanto que te como” tan típicos en estas edades buscando alternativas como las cosquillas, masajes y cachorreos.

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