La Autorregulación Emocional

La autorregulación emocional es uno de los aspectos fundamentales del desarrollo emocional. Su aprendizaje comienza en los primeros meses de vida y tiene gran valor e importancia para el equilibrio psicológico futuro del individuo. Los principales aspectos a considerar son: la excitabilidad, el estilo de afrontamiento de la novedad  y la regulación de dicha excitabilidad.

El temperamento del niño influye en los aspectos anteriores (mayor o menor excitabilidad, estilos de inhibición e impulsividad, grado de reactividad ante las situaciones novedosas…) y en el desarrollo emocional en general  y  más particularmente en la autorregulación. No obstante, es el adulto como figura vincular quien modula dicho desarrollo: la disponibilidad interesada y sensible, la reciprocidad en los primeros diálogos, la capacidad en la moderación de la respuesta, la eficacia como referencia segura para el niño,…etc. Además, en el propio desarrollo neuropsicológico hay aspectos determinantes como  por ejemplo, el progreso de la memoria alrededor del primer periodo crítico (entre 7 y 9 meses) que será fundamental para dotar al niño de la capacidad de evaluar. Esta capacidad le permitirá valorar las nuevas situaciones y decodificar algunos signos que, junto con la disponibilidad del adulto y su respuesta, cada vez más tenue, le permitirá al final del primer año ampliar la necesidad de exploración fruto de la seguridad adquirida y la actitud positiva ante nuevas situaciones. De esta manera primarán la curiosidad de exploración a la inhibición ampliando sus experiencias e intereses.

Sroufe y otros autores hablan de “tensión” aludiendo a la forma indiferenciada entre el estado interno y la expresión emocional en los primeros meses de vida.  Si bien el llanto, una de las conductas congénitamente organizadas, le permite al bebé expresar determinadas emociones básicas durante los primeros meses, paulatinamente de dota de mayor intencionalidad de manera que se convierte en un mecanismo de gran valor para manejar determinadas conductas del adulto. Así pues, el adulto debe sintonizar con el niño para responder adecuadamente ante el llanto y manejar adecuadamente la tensión de manera que el niño sea cada vez más tolerante ante la misma a medida que pasan los meses.

Los bebés ya a los 12 meses ya tienen experiencia emocional (aunque no la puedan razonar) en cuanto a situaciones nuevas (una persona con bata blanca la asocian con el médico que les ha hecho daño).Entre los 8 y 12 meses ya tienen capacidad para evaluar una situación y ya han adquirido un conocimiento básico de la interacción social que ampliará paulatinamente.

Así pues, durante el primer año de vida, el niño necesita tener expectativas positivas en relación con la inmunidad a la hora de expresar el afecto y capacidad de permanecer organizado ante la excitación elevada. Si el adulto le da una atención inapropiada ante la situación nueva y no lo tranquiliza, el niño se estremece y aprende a ser crónicamente cauteloso, a asustarse con facilidad y no explora, es caprichoso y es incapaz de sosegarse.

A este tipo de regulación se la denomina autorregulación guiada, y permitirá al niño contener, modificar y reorientar sus impulsos, cada vez de forma más independiente,  siendo el adulto la guía que le va a ayudar en la contención a través del refuerzo, apoyo, advertencia y control. 

 

Durante el segundo año de vida, el aprendizaje más importante del niño será la experiencia de recuperación después de una intensa expresión afectiva, es decir, aprenderá que puede enfadarse sin destruir ni atacar a otros y luego recuperar la calma.

En contra de algunas tendencias que consideran que debe evitarse el llanto del niño a toda costa concediendo, respondiendo a todos los requerimientos del bebé sin considerar su intencionalidad. Esto implica, en el fondo, la creencia de que llanto siempre expresa sufrimiento y no responde a ninguna otra emoción. Así, el bebé no aprenderá a tolerar una frustración, ya que estará acostumbrado a conseguir todo lo que quiere a través del llanto.

Entre los 2 y 4 años, etapa del autocontrol flexible,  el pequeño aprende la aceptabilidad de las emociones y sentimientos intensos y además la posibilidad de inhibición y autocontrol, aproximándose cada vez más a la independencia emocional que implica la interiorización de las normas, el control de su propia conducta y la adquisición de formas adecuadas de expresar sus emociones.

En situaciones de abandono emocional, el niño de esta edad es más propenso a desarrollar la idea de que no es capaz de autorregularse. Por otra parte, en situaciones de sobreprotección, no tendrá oportunidad de aprender.

Las raíces del control de los impulsos se esbozan durante los tres primeros años de vida. Ante límites externos claros, firmes y razonables, a diferencia de límites relativamente inexistentes, inconsistentes o severos sin una base real, se establece el fundamento para una regulación de la conducta del yo resultado de una emoción.

La autorregulación emocional se relaciona de manera recíproca con las demás dimensiones del desarrollo: capacidades motoras (explorar cada vez mayor cantidad de espacio y desarrolla habilidades y destrezas en la manipulación de objetos), capacidades cognitivas (anticipación, desarrollo de procesos cognitivos de causa/efecto, medios/fines…), simbolización y lenguaje (comprensión de situaciones y mensajes, expresión verbal de emociones, peticiones…), desarrollo social (calidad de la relación con los adultos de referencia, experiencia social en relación con los demás…).

ESTRATEGIAS PARA AYUDAR AL NIÑO PEQUEÑO EN EL APRENDIZAJE DE LA AUTORREGULACIÓN EMOCIONAL:

  •  Ayudar al niño a rebajar la tensión emocional durante los primeros      meses (tranquilizarlo en el momento preciso, evitar la saturación      estimular).
  • Establecer apego seguro:  “escuchar”,      interpretar y responder a las señales del bebé.
  • Prestar atención al niño en los momentos oportunos, en función de sus      necesidades.
  • Ambiente tranquilo y ordenado que      permitan anticipar situaciones y acciones.
  • Proporcionar situaciones novedosas de manera      que pueda ampliar el conocimiento del mundo físico y social que le rodea,      facilitando la exploración independiente       y proporcionéndole estrategias de afrontamiento de las mismas.
  • Evitar modelos inadecuados (gritos,      amenazas, castigos…) que generan estrés y de los cuales el niño aprende desde      muy pequeño. Es imprescindible crear un clima de calma, seguridad, afecto.
  • No responder a sus deseos de forma      inmediata para enseñar al niño a posponer su cumplimiento con el fin de      desarrollar la capacidad de espera.
  • Manejar adecuadamente las rabietas.
  • Empatizar con él consolándole cuando se      muestre frustrado. Proponer ideas alternativas ante los deseos que no      pueden ser satisfechos.
  • Respetar las manifestaciones emocionales      y censurar las conductas disruptivas describiéndolas. De esta manera      estaremos educando y no etiquetando. Las conductas se pueden cambiar, las      etiquetas se mantienen en el tiempo y el niño se verá abocado a responder      a ellas manteniendo los comportamientos no deseados.
  • Describir sus conductas del niño y poner      nombre a las emociones (del adulto y del niño) teniendo en cuenta su nivel      de desarrollo.
  • Utilizar preferentemente refuerzo      positivo y evitar el castigo.
  •  Transmitir expectativas positivas. Enfatizar las conductas adecuadas y no atender las inadecuadas.

 

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